Fantasmas nacionales o el síndrome Ebenezer Scrooge de la temporada electoral

El fantasma de la Guatemalita visitando la tienda Eben Ezer.

El 6 de septiembre amaneció lloviendo en el pueblo de mi abuela. Yo me fui para allá porque, como había decidido no votar, de alguna manera tenía que calmarme los retortijones de la conciencia. Cerca de medio día, abrí los ojos y las ventanas (de twitter y de facebook) para ver cómo se iban desarrollando las votaciones. Me sentía desencantado, un Ebenezer Scrooge electoral. Eso estaba pensando cuando rechinó lentamente la puerta. Me quedé quieto, esperando el ingreso del primer fantasma de las elecciones, pero era la viejita, que entraba como quien no quiere despertar a alguien que, por la hora que sigue en la cama, según las tradiciones del pueblo, quizá ya esté muerto. Que cómo me sentía, me preguntó. Avergonzado, pensé, pero eso nunca se dice. Entonces le empecé a hacer una lista de síntomas propios y recién detectados en los internautas que votaron y los que no fueron a votar. Estos iban desde esa especie de vacío entre el pecho y el estómago que lleva la desesperanza, la incomodidad del que aceptó participar en un juego que no quería jugar, la molestia del que sabe que se está conformando, que está haciendo algo que no debió hacer; los pequeños vértigos de la culpa. Al rato ya me había servido un buen plato de caldo. Su diagnóstico fue goma. Y es que ella sabe que, por esos rumbos, la ley seca lleva más agua que el río.

No mirás que dicen que ya despertó, me dijo mientras estábamos comiendo. Yo, que estaba distraído, pensando en Guatemala, creí que hablaba del país, y aunque, más bien, se refería a un conocido, no pude quitarme su imagen de la cabeza mientras la viejita hablaba de la sorpresa que se llevó la gente cuando lo veía dar sus primeros pasos, como si fuera un recién nacido o un resucitado sin gloria; de que no era para menos el asombro después de los golpes que había recibido y que lo habían dejado, durante años, incapaz de moverse, de hablar, de recordar. Que por si fuera poco, los que estaban a cargo de cuidarlo se robaban el dinero que la familia aportaba para mantenerlo estable, y que se dieron cuenta porque cuando lo vieron todo desmejorado, la mamá pidió una cita con el santero colombiano que tiene su programa en la radio, y, según cuentan, fueron las voces que escuchó las que le dijeron que era gente muy cercana la que le estaba haciendo el mal. Así los descubrieron y los echaron. Repitiendo Padres nuestros se fueron cuando se enteraron de que las voces los habían delatado. Y que, claro, que el entusiasmo era más grande que la recuperación lenta de todas sus capacidades, pero que algo era algo.

Yo terminé de comprender la visión entera del fantasma del país que me visitó esa tarde electoral, cuando me enteré de que el candidato favorecido por la mayoría, en la primera vuelta de esas elecciones contraindicadas, coincidía con el ganador de las elecciones infantiles. Dice mi abuela que ya viene la etapa en la que va a empezar a tomarse solito los atoles con el dedo, ojalá  alguien esté al tanto,  no le vayan a hacer mal.

Calamity Kid

Daltónico, sonriente, encantador y todo lo contrario.

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